19/5/19

El hombre detrás de las efemérides

En esta entrevista con UNO TV, Rubén Bourlot dialoga sobre su oficio de investigador histórico y sobre algunos de los temas a los que se ha dedicado. Uno de ellos es el radioteatro, que estuvo muy vigente en las principales radios entrerrianas y en las audiencias hasta mediados de los 70. Otro es la toponimia: la forma en que los entrerrianos denominamos a algunos lugares de nuestra geografía, desafiando a los nombres oficiales.
Para este historiador, los entrerrianos y entrerrianas no conocemos suficientemente nuestro pasado: "Hay mucha producción histórica en Entre Ríos, especialmente de aspectos puntuales o de pueblos y ciudades. En cada pueblito hay un historiador. Pero esa gran producción no se vuelca, por ejemplo, en el sistema educativo y la historia regional está un poco soslayada".




Versión completa en https://www.unoentrerios.com.ar/uno-tv/el-hombre-detras-las-efemerides-n1763267.html Publicada en UnoTV Paraná. 19 de mayo de 2019


1/5/19

Delfina, la brava

Por Rubén Bourlot

Es abril de 1821 en Punta Gorda. El campamento de Francisco Ramírez que se prepara para pasar a Santa Fe en su última y desdichada campaña.
El Supremo está ausente. Junto a su oficialidad salió del campamento con destino desconocido en una misión secreta. Algunos murmuran que ya se pasó a la otra banda del río para realizar personalmente tareas de inteligencia y zapa. Por eso la disciplina se relaja y el cuerpo de Dragones, el resto de las divisiones y sus respectivos oficiales disfrutan de un momento de esparcimiento entre jolgorios, partidas de tresillo y truco. La querida del jefe, Delfina, platica en su tienda con algunos más allegados, pero su vida es la del campamento, donde oficialidad y soldados rasos se mezclan en una cómplice horizontalidad para matar el tiempo libre.
Los soldados están habituados a compartir con Delfina las interminables ruedas de mate, donde talla como un hombre más, participando de charlas sobre bueyes perdidos y contando sucedidos; trenzándose en las tabeadas o apreciando las bondades de un payador que desgrana improvisaciones y canciones trasmitidas por la memoria, como el triunfo que exalta las hazañas del gobernador Ceballos en la guerra contra los portugueses, que algunos atribuyen a la inspiración del poeta Juan Baltasar Maciel.
Aquí me pongo a cantar,
abajo de aquestas talas,
del mayor guaina del mundo
los triunfos y las fazañas.
No faltan quienes se desafían en contrapuntos de versos y zapateos de malambo. No falta el añoso guerrero que, acobardado de tanto empuñar la lanza, se consuela empuñando la guitarra para improvisarle loas al general.
Ahí viene Ramírez
Caudillo de mi flor
Bravo en la batalla
Tierno en el amor
Pero hasta aquí llega la horizontalidad de Delfina, dicen los que la conocen. La querida del general sabe como guardar su lugar en los campamentos y alardear su jerarquía. Hombres rudos, gauchos de toda calaña rejuntados para formar la brava y disciplinada caballería, le presentan sus respetos a la dama; no solo por su condición de amada del caudillo sino también debido a su propia personalidad. A los 19 años ya es toda una mujer que ha madurado prematuramente abriéndose brechas en medio de la selva de dificultades y escaseces. Cuando participa de igual a igual en alguna partida gusta apostar fuerte y siempre se le debe un changüí a la Capitana, como algunos gustan nombrarla. Ningún gaucho, hasta el más rebelde se atrevería a poner en duda la suerte de Delfina.
La noche cierra sus persianas de penumbra sobre el campamento y no hay noticias del jefe. Los soldados organizan una ruidosa partida de taba sobre una cancha improvisada entre las carpas. El fresco del otoño que viene del monte invita a practicar actividades para entrar en calor. A la luz de los fogones una rueda de soldados observa las alegres volteretas del astrágalo que se clava sobre el suelo húmedo y despierta exclamaciones de júbilo e insultos furibundos por igual. Delfina se asoma al grupo y al grito de “copo la parada” se mete en el juego. Cada uno deposita sus gastados cuartillos y chirolas, y alguien arroja su poncho. Le toca la tirada a Delfina. Con su mano delgada acaricia el hueso y como acunándolo lo arroja. Se produce un silencio expectante, se contienen las respiraciones. En cada vuelta de la taba se juega la paga de un soldado; y aunque saliera culo hay que darle otro tiro. Y así es nomás. La taba cae como cansada con la ‘s’ sobre el humus. Como dicen los soldados: muestra el culo. 
De entre la muchedumbre aparece un gaucho matrero, pelo hirsuto, poncho sobre el raído uniforme de dragón, rostro atravesado por varios inviernos a la intemperie, castigado por la maraña de los montes y por algún puntazo que no pudo contener a tiempo.
- ¡Culo! - vocifera desafiante - . ¡Vengan las chirolas!...
Otra vez el silencio expectante. El aire helado se solidifica. Las llamaradas que escapan del fogón es la única nota discordante. Y Delfina sin pensarlo dos veces le responde.
- No me cope compañero que yo también con el culo me defiendo...
Otra vez el silencio. Como fantasmas se agitan, tiemblan; hasta las sombras de los soldados que bailan al compás de las llamas se estremecen. Y hay una nueva tirada para La Delfina.

(Fragmento de "El secreto y la jaula")

Ramírez y Bonpland

Por Rubén Bourlot

En 1821 Francisco Ramírez ya está en Santa Fe, en su última campaña contra Buenos Aires. En medio de la emergencia se preocupa por la suerte de su amigo Amado Bonpland, ese francés buscador de yuyos perdido en la selva misionera. Le escribe al comandante de Corrientes Evaristo Carriego:
“He visto en una gazeta de Buenos Aires en que han nombrado de catedrático de medicina a don Amado Bonpland. Los porteños, después de haber hecho con él un barro, quieren ahora dorarlo sin duda por hallarse entre nosotros, yo le escribo la adjunta ofreciéndomele como siempre. Ustedes deben tenerlo grato y al efecto se lo recomiendo particularmente a Ricardo ansioso de que se le franquee y de que nos sirva de honor y de provecho en la  República si él pone en planta su curiosidad y sus útiles especulaciones.”
- Tarde se han acordado los porteños de este hombre de ciencia. – Comenta Ramírez.
- Así es, en las urgencias de las guerras y de las intrigas políticas nadie repara en lo importante que es el fomento de las ciencias y de los estudios de los recursos que tenemos. Como es la riqueza de la yerba mate, que si no nos apresuramos se la va a quedar el dictador Francia.
- Ya llegará la oportunidad de pensar en el Paraguay... Cuando salgamos de estos lances... Y ahí lo tendremos al amigo Amado para que se haga cargo de las plantaciones con los laboreos adecuados y de las huertas implantadas con esas semillas que ha traído de Europa.
- ¡Qué personaje esta Bonpland! Internarse en las Misiones cuando podría gozar de las comodidades de de Francia y del reconocimiento de sus academias.
- Me acuerdo cuando cayó por la Bajada a ofrecer sus planes de estudio sobre la yerba y su propósito de fundar una colonia agrícola. No sabía cómo agradecerme las atenciones que le brindamos y que no podían se más merecidas. Sólo la ceguera de los porteños pueden ignorar el prestigio de este hombre. Y fíjese que como nada podía ofrecerme en ese momento me dibujó este retrato y me lo obsequió.
Ramírez le muestra un trozo de papel que extrae de una alforja.
- Téngalo José antes que lo pierde en un entrevero. Le salió bastante parecido...
- Le tomó el perfil más favorable, comandante. Y le dibujó ese rictus que se le parece al de la famosa Gioconda...
- No me diga padrecito... 
Ramírez hace el comentario como al pasar. Eso de la  Gioconda es una ocurrencia de este fraile rebelde y culto. Y mientras le echa una nueva ojeada al dibujo piensa: así me han de ver mis paisanos.
Meses después, ya muerto Ramírez, el 3 de diciembre Bonpland es hecho prisionero en el Paraguay.

(Fragmento de “El secreto y la jaula”)

La “reservada”

Por Rubén Bourlot

Mansilla repasa la nota enviada desde Concepción del Uruguay por el comandante del Departamento Segundo Principal Pedro Barrenechea. Mientras lee se desplaza por su despacho esquivando el espartano mobiliario. No es hombre de apoltronarse frente a un escritorio. Cuando lee suele hacerlo de parado, caminando y cuando necesita redactar oficios y cartas, los dicta a su secretario mientras observa por la ventana el escaso movimiento que sucede en la calle Real. Después de tantos contratiempos y revoluciones, y elecciones y apoyos de sus amigos López y Rodríguez ya es gobernador de Entre Ríos para poner orden a esta provincia de matreros que los propios entrerrianos no pueden domeñar. ¡Qué importa que los caudillejos refugiados en la maraña del Montiel o los que tuvieron que huir a la otra banda lo tilden de porteño con la mayor carga de sentido despectivo! 
Lee y gesticula, sonríe cuando observa los puntos suspensivos que cortan algunos nombres de esa misiva que viene con el epígrafe de reservada. Este Barrenechea no deja de ser un vil intrigante, murmura, y sigue la lectura: 
“...El asunto de la Delf... ya es algo complicado, pues Puent... está tan asegurado y perdido por ella, que se está secando para sostenerla en el rango que ella está acostumbrada, sele á pegado de tal manera, que muy difícil se le encuentra separado de ella; y así temo que si le ablo ó hago ablar por segunda persona me rebaje ella el secreto, y lo diga a Puent... sin embargo yo beré el modo de inspirarle confianza, y significarle los deseos de U. pa. Que se encamine al Paraná...”.
Esa Delf... no es otra que Delfina, la que fuera querida de Ramírez, que Mansilla tuvo oportunidad de conocer personalmente al comienzo de la campaña del malogrado Supremo contra la barbarie artiguista. Y así fue como quedó prendado de su voz melodiosa que entonaba nostalgiosas canciones lusitanas, de su fresca y joven presencia, de sus facciones casi salvajes, de su desdén demostrado ante sus reiteradas insinuaciones.
Ahora que está viudita, veinteañera con su belleza a flor de piel, es la oportunidad para reiterar su ofrecimiento. Que se venga al Paraná con el hombre que le brinda la oportunidad de su vida. En el Uruguay, junto a la vieja Tadea y los López qué futuro puede tener. Un futuro de implicancias en conspiraciones sin destino contra el poder constituido. Aquí será la primera dama de un gobernador civilizado y progresista que se mostrará en las recepciones oficiales con los mejores vestidos, que se rozará con lo más encumbrado de la sociedad capitalina. Masilla hace poco tiempo está separado de Polonia Duarte, devuelta a su suegro con hijos y todo.
Espero que el capitán Puentes no insista en pretender conquistarla si no le da el cuero, y me la deje servida en bandeja, y que Barrenechea no se quede con el mandado, que buen pillo es en asuntos de polleras, piensa.
Dobla cuidadosamente el pliego y lo guarda en un secreter. Toma del escritorio un bosquejo que le dejó a su consideración Casiano Calderón. Huele aún a tinta fresca. Es un escudo con forma de óvalo rodeado por dos ramas de laurel, dos brazos con sus manos estrechadas lo divide en dos campos. En el campo superior brilla una estrella plateada rodeada por la inscripción “provincia de Entre Ríos”. En el campo inferior, un sol de oro encerrado por la inscripción “unión, libertad, fuerza”. Este sello representa la civilización frente al caudillismo, piensa Mansilla. Es hora de dejar las plumas y las lanzas y las banderas manchadas por el rojo de la sangre derramada en las guerras separatistas y unirnos civilizadamente bajo el imperio de la ley.

De amores y no despedidas

Por Rubén Bourlot

Septiembre de 1819. Concepción del Uruguay. Ella con su larga cabellera que fluye hacia sus hombros, el cuerpo esbelto, la boca radiante y fresca como un fruto herido de mburucuyá. La mirada puro magnetismo que escapa de esos ojos enormes y luminosos como el sol recién nacido. Frente a ella, el jefe apuesto y ya madurando. La mirada de él que provoca temor, respeto y pasión. Su pelo revuelto que escapa debajo del sombrero y se prolonga en las patillas ensortijadas. La nariz aguileña que acentúa el rostro cobrizo, curtido por mil soles.
- No Francisco, no es tiempo de despedidas. No quiero que termine lo que hemos comenzado. No quiero que pase lo que sucede en cada campaña.
- Pero, Delfina, mi Chinita… Es que nos tenemos que ir a La Bajada y tal vez nos vayamos a Buenos Aires, y vos tenés aquí a tus seres queridos, tu familia...
- No es mi familia. Ellos me cobijaron, me socorrieron, pero no son mi familia. Además ya somos muchos para vivir en ese ranchito.
- Pero así no te puedo llevar... No podés ir agregada a las cuarteleras...
- No Francisco. No voy a ser una de ellas. Yo seré un soldado más. Conseguime un uniforme y seré una dragona de tu ejército.
Los ojos de Ramírez titilan por el asombro. En qué disyuntiva me he metido. No puedo llevarla así. Y en su pecho palpitan sentimientos encontrados. Un aleteo se agita como un ave que pugna por escapar de su jaula, como un pez que batalla a contracorriente para encontrarse con aguas tranquilas en donde desovar. El aleteo se va transformando en dos aleteos en pugna, como los gallos de riña. Uno le dice que sí, es el amor que aflora así, espontáneo, audaz, irreverente; el otro que no, no podés hacerle eso a Norberta, la leal que te espera tejiendo soledades y encajes para el ajuar nupcial, para cuando las aguas se calmen y venga el tiempo del hogar bien constituido.
Ramírez ordena la partida. Las cabalgaduras inician la marcha a trote lento. Los rostros giran hacia la villa que se aleja y empequeñece. Junto a Ramírez cabalga la dragona Delfina ataviada con uniforme algo holgado para su talle: pantalón de paño azul con vivos rojos, chaqueta de casimir azul, sombrero negro y un amplio pañuelo rojo al cuello que le cubre los hombros. Por la derecha se desplaza un batallón con medio millar de jinetes al mando de José Miguel Carreras, el oficial chileno. Más atrás Anacleto Medina con un grupo de pintorescos soldados indios del Chaco y Misiones.
Ramírez echa una mirada hacia atrás como despidiéndose en silencio de su madre, la enérgica Doña Tadea, de Norberta que se quedó esperando el momento propicio para el matrimonio tantas veces prometido.
La caballería toma el camino real que conduce al Itú y a Yapeyú. Al llegar al arroyo de Vera tuercen hacia el noroeste siguiendo el curso de agua por un sendero estrecho entre la vegetación ribereña. De entre la vegetación emanan nubes de mariposas espantadas que sobrevuelan los jinetes y salpican el ambiente con distintos tonos de bermejo y sepia. El aleteo acompaña la partida. Aleteo de mariposas, de las perdices de vuelo fugaz, del colibrí inquieto que se desplaza de flor en flor dejando destellos de esmeraldas y aguamarinas en la atmósfera sutil de la mañana. 
A retaguardia la armonía se rompe con el cotorreo del chinerío que retoza indiferente, sin destino, porque su única morada son esas carpas precarias que se acunan sobre el lomo de las bestias.
A la guerra me voy
tan solo con armas de amor
...
No le temo a la muerte
sino a la ausencia
y al mal de amor
El sendero se angosta cuando que se acercan a los vados. El monte confunde su espesura con la bruma que se desprende de los arroyos. Alcanzan las primeras estribaciones de la Cuchilla Grande rumbo al campamento del Calá.

8/4/19

Floro, el charrúa de Villaguay

Por Rubén Bourlot
Publicado originalmente en la revista Orillas.

Las diversas parcialidades de origen charrúa ocuparon gran parte del territorio entrerriano hasta bien entrado el siglo XIX. La información histórica tradicional dice que los últimos fueron exterminados en el combate de La Matanza (Victoria) por el teniente de gobernador de Santa Fe, Antonio de Vera y Mujica, pero no fue tan así. 
Sostiene el investigador José Pedro Rona (1) que si consideramos que güenoas, minuanes, mbohanes y otros grupos podrían formar parte del ‘gran complejo charrúa’, nuestra provincia sería tan charrúa como el Uruguay. Los rastros que persisten de este pueblo son escasos u ocultos. La fuerte influencia de los guaraníes, que solo poblaron  las islas y costas de los ríos Paraná y Uruguay, dominaron con su cultura y dejaron ríos, arroyos, pájaros, árboles con nombres en su lengua. En tanto de los charrúas solo conocemos algunas palabras sueltas y pocos nombres que presuntamente corresponden a su lengua, como el del arroyo pospós, en el departamento Colón.
El charúa Tacuabé, uno de  los enviados a Francia
luego de Salsipuedes
Pero aún hoy persisten comunidades en la provincia que reconocen su cultura charrúa. La sangre charrúa corre por nuestras venas. Y seguramente muchos entrerrianos, más de lo que suponemos, son criollos descendientes de los bravos indios que adoptaron el caballo español y lo dominaron con notable maestría. 
Hace más de medio siglo, en 1964, dos investigadores de la facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de la República,  José Pedro Rona  y Eugenio Petit Muñoz,  que estudiaban la lengua charrúa en el Uruguay, llegaron a Villlaguay para realizar un trabajo de campo sobre los descendientes charrúas de la zona. (2)

Floro el domador
Los estudiosos se enteraron por algunas publicaciones que a cuarenta kilómetros de Villaguay vivía una persona que se decía descendiente de charrúa.  Se trataba de Floro, su apellido se había perdido de la memoria o nunca lo tuvo. Tenía, según los cálculos de vecinos, 144 años y “había vivido desde los nueve en campos que pertenecientes a tres generaciones de la familia Lagos, según el testimonio de la última dueña, Berta Lago de Araya, donde trabajó como peón mensual y como domador de fama.” Sin dudas que su habilidad con los caballos denotaban sus raíces charrúas.
Floro, el charrúa de Villaguay
Los lugareños contaban que la familia de Floro había llegado a Entre Ríos cuando tenía nueve años, se extravió y fue recogido en la estancia de Lago. Se sabe que las últimas comunidades autónomas de charrúas del Uruguay fueron exterminadas en la denominada batalla de Salsipuedes, cerca de Paysandú, el 11 de abril de 1831 cuando el presidente Fructuoso Rivera decidió sacarse de encima a los molestos indios - los mismos que pelearon con Artigas por nuestra independencia – y los convocó a una emboscada donde muchos murieron, otros fueron tomados prisioneros y el resto logró escapar. Se dice también que muchos de ellos atravesaron el Uruguay y se afincaron en nuestra provincia. (3)
En la búsqueda de más información sobre Floro, los investigadores uruguayos hablaron con “la gente que está vinculada a él, que lo conoce desde hace años, ya que de él no pudimos obtener más que monosílabos. Aunque físicamente se conserva bien, su memoria no retiene más que sucesos recientes, de poco tiempo atrás.”
Juan Justino da Rosa, otro estudioso uruguayo, nos informa que “la misma dificultad en la comunicación la confirma un sacerdote de Villaguay que visitó a Floro para bautizarlo (…). ‘El sacerdote narró después que ni siguiera habló con el charrúa, ya que éste ignora el español y solo sabe pronunciar algunos monosílabos como ‘SI’, ‘NO’, ‘ADIÓS’. Pero otras declaraciones de Rona y de Petit Muñoz (…) despiertan interrogantes de difícil respuesta:

“Floro es charrúa”
Da Rosa cita una entrevista realizada a Rona y Petit Muñoz por el diario El País de Montevideo (4). “‘Floro es un charrúa’. Estas fueron las primeras palabras que nos dijeron los profesores en la entrevista que mantuviéramos con ellos para informarnos acerca del resultado de sus investigaciones. Un estudio antropológico y de las palabras que utiliza (habla solamente charrúa) nos permite asegurar merced a una comparación que efectuamos con lo que conocíamos acerca de dicha tribu, que efectivamente no puede existir ninguna duda sobre su autenticidad: es charrúa y nacido en Uruguay. Debe tener, según los datos que hemos recogido, alrededor de 144 años y se mantiene físicamente bien a su casi siglo y medio de vida. Posee la dentadura completa, habla charrúa, no conoce más que unas pocas palabras de español, y desde su juventud ha vivido a mate y asado (…).
Descendientes de charrúas. Lino García y su esposa Celina Lemos
y uno de sus hijos, de Tacuarembó (ROU), a mediados del siglo XX
“A fines del mismo año 64, Rona publica su conocido trabajo Nuevos elementos acerca de la lengua charrúa (1964), donde no se hace mención alguna de los materiales recogidos en ese trabajo de campo, excepto una referencia sin contexto a la Sra. Berta Lago de Araya, de la que obtuvo informes sobre el sistema de numeración que empleaba Floro: ‘la representación que nos hizo en Villaguay (Entre Ríos) la Sra. Berta Lago de Araya de los gestos de numeración que le había visto en su niñez al charrúa Floro, eran totalmente idéntica a nuestras suposiciones’.” (3)
De Floro circular algunas fotografías que nos permiten adivinar los antiguos rasgos charrúas. 
Años después, en pleno siglo XXI, se han juntado varios grupos de descendientes de charrúas, en Maciá la comunidad Gue Guidai Bera, el Pueblo Jaguar de Villaguay, organizado por Rosa Albariño -líder histórica de los charrúas contemporánes-; y Etriek, también de Villaguay. Durante 2004 y 2005 se realizó la Encuesta de Pueblos Indígenas, complementaria al Censo 2001, a cargo del Instituto Nacional de Estadística y Censo (Indec). Según estos listados, 676 habitantes se reconocieron como descendientes del pueblo charrúa. (5) 

(1) José Pedro Rona (1923-1974), dialectólogo eslovaco radicado en el Uruguay entre 1940 y 1970.
(2) Juan Justino da Rosa, ‘Historiografía lingüística del Río de la Plata: las lenguas indígenas de la Banda Oriental’, Boletín de filología, Universidad de La República, Uruguay, en http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0718-93032013000200007&script=sci_arttext
(3)Los prisioneros fueron llevados a Montevideo y colocados como esclavos en casas de familia y un pequeño grupo trasladado a Francia con el objeto de ser “estudiados por científicos” y exhibidos como seres exóticos.
(4) "El último de los charrúas vive en un rancho de Entre Ríos y tiene 144 años. Diario "El País", Montevideo, 01/04/1964.
 (5) “Del silencio a la voz: la comunidad Charrúa en Maciá bucea en sus orígenes y comienza a narrarlos”, en Análisis Digital, 14/05/2011. 

7/3/19

El zapatismo entrerriano salvó la Revolución de Mayo

Por Rubén Bourlot

 T al vez sea un poco presuntuoso el título pero algo de eso sucedió. En las primeras horas de nuestra emancipación hubo un Zapata en Entre Ríos que hizo pata ancha y se enfrentó como pudo a la soberbia realista.
Hace dos siglos una serie de sucesos conmovía el Río de la Plata y toda Hispanoamérica. 
La formación de la Junta Provisional de Gobierno en el cabildo de Buenos Aires y la consecuente renuncia del virrey Cisneros marcó un quiebre político. Los segundones locales se atrevían a discutir las autoridades europeas. No importa si gobernaba Fernando VII o Napoleón.
Cuando el Consejo de Regencia español intentó imponer su autoridad en nombre del rey la Junta hizo caso omiso. Los funcionarios nombrados por España se refugiaron en Montevideo y desde allí procuraron recobrar el control de resquebrajado Virreinato.
Algunos cabildos de la región reconocieron la autoridad de la Junta, entre ellos los tres cabildos entrerrianos: Gualeguay, Gualeguaychú y Concepción del Uruguay. Otros como Paraguay, los del Alto Perú o Montevideo se mostraron remisos.
A fines de 1810 los españoles, atrincherados en Montevideo, procuraron retomar el control del Litoral enviando un contingente al mando del Capitán de Navío Juan Ángel Michelena. 
Ante la amenaza realista los miembros de los cabildos entrerrianos comenzaron a sentir la presión ejercida desde la capital oriental. El Comandante General de Entre Ríos, José de Urquiza, renunció a su cargo y los cabildantes de Gualeguaychú y Gualeguay retornaron rápidamente hacia el bando realista. 
El informe de Zapata en La Gazeta
Michelena, desde Paysandú traspasó el Uruguay y el 6 de noviembre procedió a la toma de Concepción del Uruguay. El cabildo fue renovado totalmente con miembros fieles a los realistas y los criollos sospechosos de adherir a la Junta fueron puestos en prisión y luego enviados a Montevideo. El resto de la población que no le rendía pleitesía al invasor optó por internarse en los montes de los alrededores. Días después cayeron las villas de Gualeguay y Gualeguaychú.
Pero en el interior los criollos procuraban organizarse para enfrentar al enemigo con los recursos que poseían y aprovechando la ventaja del conocimiento del terreno. Los primeros intentos en donde participaron Bartolomé Zapata, Juan José Román, José Francisco Taborda, Mariano Aulesia y Pedro Celis, entre otros, se frustraron y fueron tomados prisioneros. Bartolomé Zapata, que milagrosamente logró escapar, se ocultó en las inmediaciones de Nogoyá y reunió algunos paisanos patriotas, se puso de acuerdo con otros en distintos puntos de la Provincia, y esperó el momento oportuno para volver a intentar la resistencia.
En su asiento en Santa Fe, Martín Rodríguez y su Regimiento de Húsares del Rey debía prestar apoyo a los rebeldes pero la respuesta fue exigua y a destiempo.
En el interior de los montes entrerrianos se fue gestando la fuerza indomable de los primeros caudillos, que luchando al “montón” con unos pocos trabucos, lanzas, boleadoras y lazos lograrían la primera hazaña de los patriotas: rechazar a los realistas y salvar la revolución. La montonera, a partir de este momento, será la marca registrada de las luchas del pueblo rioplatense contra los realistas, contra el portugués, contra ingleses, franceses y también frente a las pretensiones hegemónicas del puerto de Buenos Aires.
Zapata, el “esforzado paisano”, como lo califica La Gazeta, es el primero de los caudillos que se manifiestan en el Litoral y el pionero de una manera de hacer la guerra contra un enemigo compuesto por tropas regulares y provistas con armas de guerra.
Zapata era oriundo de Gualeguay pero poco más es lo que se sabe. Humberto Vico escribe que era “un respetable hacendado de la campaña” y agrega “poco sabemos de Bartolo Zapata, como le decían”. 
Breve pero significativa fue su actuación. En un informe a la Junta describe las acciones para reconquistar las villas: “habiendo huido precipitadamente los europeos que las oprimían á la sola proximidad de cincuenta y dos hombres libres, que animados únicamente de la justicia, y sin mas armas que las de su manejo (el lazo y el cuchillo) buenos caballos, y el terror de que siempre está sobrecogido el opresor; se resolvieron auxiliar la indefensión de sus hermanos contra los últimos esfuerzos del poder”.
Una calle de Paraná recuerda a Bartolomé Zapata
Efectivamente, la toma de la ciudad se hizo con el concurso de una fuerza compuesta por “52 hombres, que a mi costa - dice - con sacrificio de mi pobreza, con mis persuasiones, influjo, y otros arbitrios, pude reunir con el alto fin de defender á costa de nuestra sangre”.
De Gualeguay la montonera marchó a Gualeguaychú donde lo esperaba el caudillo local de Gregorio Samaniego. Zapata en su informe relata los acontecimientos: “Allí tenían su fuerza, para sostenerse contra esa capital. Un comandante Sopeña mandaba una partida bien armada: con ella se acercó hasta seis leguas del Gualeguay; mas allí concluyó la acción de atacarme, que tanto vociferaba.
“Después que tomé posesión de la villa – continúa - me apoderé de dos barcos del puerto por ser procedentes de la ciudad de Montevideo, nuestra enemiga…”.
El 8 de marzo Zapata fechó otro parte dando cuenta de la recuperación de Concepción del Uruguay. En el mismo ponía de manifiesto las tropelías cometidas por los españoles “teniendo en prisiones hasta las mujeres, y niñas solteras, que manifestaban adhesión a la Suprema Junta contra quien se había publicado la guerra, y se cantaban versos públicamente”.
El 6 de marzo, ante la amenaza de los patriotas, los realistas evacuaron la villa. Algunos vecinos, fieles al régimen los acompañaban: José de Urquiza, el cura José Bonifacio Redruello y los miembros del cabildo realista, entre otros.
 Zapata hizo su ingreso al día siguiente y el 8 informa a la Junta que “yo acometí del modo que pude con mi gente, armada de las armas que usan como he dicho, y tomé la villa sin oposición, donde me hallo a su cuidado, y tengo repartida gente también en el Gualeguaychú y sus inmediaciones”.
La actuación de Zapata que hacía vislumbrar un futuro de gloriosos servicios para las armas de la patria, con un prestigio ganado en las escasas jornadas de lucha que le tocó enfrentar, se malogró rápidamente por un episodio tal vez menor. A los pocos días de la llegada a Concepción del Uruguay el caudillo cayó herido mortalmente en un enfrentamiento con el teniente Mariano Zejas que pretendía arrestarlo, según una versión, por orden del coronel Francisco Doblas, con quién mantenía una disputa por el cargo de Comandante interino.

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